Lo que la encíclica no puede hacer por sí sola: la IA, la interioridad y la tarea pendiente para la psicología católica
La encíclica del papa León XIV sobre la inteligencia artificial coloca la naturaleza de la conciencia en el centro de un debate antropológico católico que ya no puede postergarse. La afirmación central del documento —que los sistemas de IA no piensan, no sienten ni experimentan— no es un rechazo de la tecnología, sino una invitación a examinar qué es realmente la conciencia. Los psicólogos y neurocientíficos católicos están ahora en posición de desarrollar el argumento filosófico que la encíclica abre.

En el párrafo 99 deMagnifica Humanitas, el papa León XIV escribe que los sistemas de inteligencia artificial «no viven experiencias, no poseen un cuerpo, no sienten alegría ni dolor, no maduran a través de las relaciones y no conocen desde adentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad o la responsabilidad». Pueden simular empatía, continúa, pero «no comprenden lo que producen, pues carecen de la perspectiva afectiva, relacional y espiritual a través de la cual los seres humanos crecen en sabiduría».[^1]
La encíclica no ofrece ningún argumento filosófico para esta posición, y esa ausencia ha sido señalada. Christopher Olah, cofundador de Anthropic, habló en el evento del Vaticano el 25 de mayo de 2026, describiendo estructuras internas de la IA que «replican resultados de la neurociencia humana» y estados «funcionales» que se asemejan a la alegría, el miedo y el duelo. Instó a continuar el discernimiento sobre si esos hallazgos tienen una significación más profunda.[^1] La tensión es real: el papa afirma un límite; un destacado investigador de IA encuentra ese límite más difícil de ubicar de lo esperado.
Lo que hace la encíclica —y lo que la hace digna de tomarse en serio— es exigir una definición. Si se rechaza la afirmación del papa, hay que decir quéesla conciencia para que una IA pueda poseerla. Y esa es una tarea más difícil de lo que parece.
La antropología católica sitúa la conciencia no en la complejidad funcional, sino en la capacidad del alma para la autotrascendencia: un orientarse hacia la verdad, el bien y Dios que no puede reducirse al procesamiento de información. Aquino distingue el alma intelectiva de toda operación material precisamente porque el intelecto capta los universales que ningún órgano, por refinado que sea, puede producir.[^2] Un sistema que genera resultados de texto probabilístico, por sofisticado que sea, opera enteramente dentro del orden de la causalidad instrumental. No tiene interioridad en el sentido tomista: ningúnesseque le sea propio, ningún acto de entendimiento que vaya más allá del signo hasta la cosa significada.
Esto no es una afirmación sobre la capacidad actual de la IA ni sobre su desarrollo futuro. Es una afirmación de categoría. La conciencia, según la visión católica, no es un umbral que la ingeniería pueda cruzar acumulando escala. Es la condición para la agencia moral, el sufrimiento genuino, la alegría genuina y el tipo de encuentro relacional que constituye la vida humana en su profundidad. Una entidad sin interioridad no puede ser agraviada como puede serlo una persona, no puede amar como puede amar una persona, y no puede ser sujeto de cuidado en el sentido que presuponen la práctica pastoral y la clínica. Vitz, Nordling y Titus (2020) fundamentan exactamente esta afirmación en la concepción de la persona de Un Meta-Modelo Cristiano Católico de la Persona: el ser humano es una unidad de cuerpo y alma cuya dignidad dimana de una naturaleza creada ordenada hacia Dios, y no de ninguna propiedad funcional medible.[^3]
La logoterapia de Viktor Frankl, desarrollada a partir de su experiencia en los campos de concentración, sostenía que la búsqueda de sentido es la motivación humana primaria —no el placer, no el poder, sino el sentido captado por un sujeto capaz de sufrir su ausencia—. Esa captación requiere precisamente lo que la IA no tiene, según León: una vida interior capaz de encontrarse con la realidad como realidad, y no solo de procesar entradas y generar salidas.
El comentario en elNational Catholic Registerpresenta la afirmación de León no como un cierre de la investigación, sino como una invitación al discernimiento.[^1] Ese encuadre es acertado. El discernimiento, en la tradición católica, es una capacidad cultivada para leer la realidad con exactitud: no escepticismo ni credulidad, sino atención formada tanto por la razón como por la gracia. Aplicado a la inteligencia artificial, el discernimiento pregunta qué hay realmente cuando un sistema produce una respuesta que se parece al entendimiento. La respuesta de la encíclica es que la semejanza no es identidad, y que confundirlas tiene costos que recaen sobre las personas humanas.
La pregunta sobre la conciencia de la IA es, en el fondo, una pregunta sobre lo que los seres humanos creen ser. Si la conciencia es un patrón suficientemente complejo de procesamiento de información, la persona humana es una cuestión de grado y no de naturaleza. Si la conciencia es el acto de un alma que trasciende sus condiciones materiales, la persona humana ocupa una categoría que ningún proyecto de ingeniería puede replicar. La tradición católica sostiene la segunda posición, y la sostiene no como un reflejo defensivo ante la tecnología, sino como el fundamento de todo lo que ha dicho sobre la dignidad, la agencia moral y el valor irreductible de la persona.
Psicólogos y neurocientíficos católicos: dónde se encuentra ahora el trabajo
Magnifica Humanitasseñala el límite entre la conciencia humana y el procesamiento artificial. Lo que no hace —y lo que la encíclica de León no puede hacer por sí sola— es proveer el detallado análisis empírico y filosófico necesario para sostener ese límite bajo la presión de investigadores como Olah. Ese es un trabajo para los psicólogos y neurocientíficos católicos, y es un trabajo que la tradición ha comenzado pero no ha concluido.
El punto de partida más desarrollado se encuentra en la psicología cognitiva tomista. El estudio de Benjamin Suazo sobre elsentido cogitativo—la vis cogitativa que Aquino identifica como la facultad a través de la cual el ser humano capta lo particular como algo con significado, y no meramente como dato— ofrece un locus preciso de lo que le falta al procesamiento de la IA.[^4] El sentido cogitativo integra la percepción sensorial con el juicio intelectual de una manera irreductiblemente personal: es la facultad a través de la cual una persona reconoce a este individuo como amigo, esta situación como una que exige valentía, esta pérdida como genuinamente mía. Ningún modelo de lenguaje de gran escala ejerce nada análogo, porque el sentido cogitativo es el acto de un sujeto unificado, no una operación de correspondencia de patrones sobre secuencias de tokens. La neuropsicología católica necesita desarrollar esta distinción en diálogo con la ciencia cognitiva actual, mostrando no solo lo que afirma el modelo escolástico, sino también dónde la evidencia neurocientífica coincide con él o lo pone a prueba.
Un segundo ámbito en el que se necesita desarrollo es la neurociencia de la conciencia misma. El neurobiólogo Alberto Carrara, desde el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, ha señalado que el término «conciencia» es polisémico en la neurociencia, la psiquiatría y la filosofía, de maneras que generan una confusión persistente.[^5] Lo que los investigadores de IA identifican como «estados funcionales» que reflejan la alegría o el miedo son estados definidos operacionalmente —por su papel causal en el comportamiento del sistema—. Lo que la antropología católica entiende por conciencia es el carácter subjetivo y en primera persona de la experiencia: lo que Thomas Nagel, en un texto que Carrara cita, llamó el hecho irreductible de que «hay algo que es» ser una criatura consciente. No son la misma pregunta, y confundirlas permite que un hallazgo empírico plausible —que los sistemas de IA tienen estados internos con propiedades funcionales— parezca incidir sobre una pregunta filosófica que en realidad no aborda. Los neurocientíficos católicos están en posición de establecer esta distinción con precisión, y de hacerlo en espacios donde los investigadores de IA puedan encontrarla.
La notaAntiqua et Novasobre la inteligencia artificial, del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, estableció explícitamente esta distinción, argumentando que la capacidad de la IA para producir respuestas «asociadas al intelecto humano» no constituye la capacidad de pensar, porque la evaluación del desempeño de la IA es metodológicamente reductiva: mide resultados, no el acto de entendimiento que en los seres humanos genera esos resultados.[^6] Ese argumento necesita ser desarrollado desde la neurociencia cognitiva. El acto de entendimiento, tal como lo ha descrito la tradición filosófica cristiana, implica un trascender el signo hasta la cosa significada: una direccionalidad intencional hacia la realidad que no es reductible a ningún proceso físico o computacional, por complejo que sea. Si la neurociencia actual puede identificar correlatos neurales de esta intencionalidad sin reducirla es precisamente la pregunta que los neurocientíficos católicos deberían plantear.
Vitz, Nordling y Titus sitúan esto en el marco de la concepción de la persona de Un Meta-Modelo Cristiano Católico de la Persona: el ser humano es una criatura cuya vida cognitiva incluye tanto las operaciones materiales de la sensación como las operaciones inmateriales del intelecto —una unidad que la ciencia cognitiva secular disuelve típicamente al tratar toda cognición como cómputo—.[^3] La implicación clínica no es abstracta: el modo en que los profesionales comprenden la conciencia determina cómo comprenden el sufrimiento, la responsabilidad moral y la capacidad de crecer a través de la relación. Un modelo terapéutico que trate al paciente como un sistema complejo de procesamiento de información pasará por alto sistemáticamente lo que el sentido cogitativo y el alma intelectiva realizan en la experiencia que el paciente tiene de su propia vida. Los psicólogos clínicos católicos —especialmente los formados en la integración que representa Un Meta-Modelo Cristiano Católico de la Persona— se encuentran entre los pocos profesionales capacitados para sostener simultáneamente tanto el registro neurocientífico como el antropológico.
Lo que la encíclica abre, entonces, no es una conclusión establecida, sino un programa de investigación. La afirmación filosófica de que la IA carece de conciencia porque carece de interioridad exige que los pensadores católicos precisen con mayor exactitud qué es la interioridad, dónde se ejerce en la persona, cuáles son o no sus correlatos neurales, y por qué los estados funcionales que Olah identifica no la constituyen. Ese programa pasa por Suazo en torno al sentido cogitativo, por Carrara en torno a la polisemia de la conciencia, por la concepción de la unidad alma-cuerpo de Un Meta-Modelo Cristiano Católico de la Persona, y por el diálogo en curso entre la antropología tomista y la neurociencia cognitiva. No será completado por una sola encíclica. PeroMagnifica Humanitasha hecho imposible postergarlo.
Referencias
[^1]: Joshua Hochschild, «No, AI Isn't Conscious. But Saying So Invites Further Discernment»,National Catholic Register, 10 de junio de 2026. https://www.ncregister.com/commentaries/no-ai-isn-t-conscious-discernment
[^2]: Tomás de Aquino,Suma Teológica(1265-1273), I, q. 79, a. 2; I-II, q. 22, a. 1-4.
[^3]: Paul C. Vitz, Craig S. Titus y William J. Nordling,A Catholic Christian Meta-Model of the Person: Integration with Psychology and Mental Health Practice(Divine Mercy University Press, 2020), cap. 4.
[^4]: Benjamin Suazo, sobre el sentido cogitativo y su función en la percepción moral; véase también J. A. Tellkamp, «Vis aestimativa and vis cogitativa in Thomas Aquinas's Commentary on the Sentences»,The Thomist, 76(4), 611-640.
[^5]: Alberto Carrara, L.C., «Coscienza o coscienze? Aspetti antropologici e risvolti etici della ricerca neuroscientifica sugli stati di coscienza», Gruppo di Neurobioetica, Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, Roma.
[^6]: Dicasterio para la Doctrina de la Fe,Antiqua et Nova: Note on the Relationship Between Artificial Intelligence and Human Intelligence, 2025, §§ 12-14.