Coronavirus, restricciones y riesgos

Artículo de Eric Sammons. Recuperado de los archivos de MindSpirit.

March 20, 20206 min read

La gestión del riesgo ha pasado al primer plano de nuestra conciencia colectiva con la llegada de la pandemia de coronavirus (COVID-19). Ante un virus que amenaza la salud de decenas de miles de personas en todo el mundo, gobiernos e individuos debaten cuáles son las mejores formas de gestionar el riesgo.

Esto, por supuesto, ha generado desacuerdos sobre cómo las comunidades están manejando la propagación del virus: ¿estamos haciendo lo suficiente? ¿O estamos haciendo demasiado? ¿Qué nivel de riesgo estamos dispuestos a aceptar y qué nivel exige restricciones, tanto menores como mayores? Estos debates pueden volverse ásperos rápidamente, y esto se debe a que las personas tienen distintos niveles de tolerancia al riesgo y diferentes opiniones sobre qué actividades es importante mantener.

Algo que no debemos olvidar es que toda actividad conlleva riesgos, tanto para uno mismo como para los demás. Si hoy salgo por la puerta, podría caerme y romperme una pierna. Si conduzco a algún lugar, podría tener un accidente que me mate a mí o a otra persona. Si voy a la tienda, podría estar portando sin saberlo (o sabiéndolo) un virus capaz de contagiar a otros. Esto siempre ha sido así, pero hay épocas, lugares y actividades más riesgosos que otros.

Son muchos, entonces, los factores que entran en juego al determinar el riesgo y si una actividad lo justifica. Cuatro preguntas fundamentales influyen en la decisión de cada persona:

1) ¿Cuánto riesgo estoy dispuesto a asumir?

Algunas personas son temerarias por naturaleza, mientras que otras son instintivamente cautelosas. Cada persona es diferente, y lo que una considera innecesariamente "arriesgado", otra puede verlo como algo divertido. Esto también aplica a las comunidades y los gobiernos. Algunos se apresuran a restringir libertades en nombre de la seguridad, mientras que otros son muy reacios a hacerlo.

2) ¿Cuánto riesgo estoy dispuesto a imponer a los demás?

Como ya mencioné, ponemos a otros en riesgo todo el tiempo. Esa es simplemente la naturaleza de nuestras vidas interconectadas. Pero algunas personas son más conscientes de este hecho que otras. Quien conduce a más de 160 km/h en la autopista por pura adrenalina no se preocupa realmente por el riesgo que su imprudencia representa para los demás. Un narcisista casi no se preocuparía por poner en riesgo a otros en beneficio propio, mientras que en el otro extremo está la persona paralizada por el temor de hacer daño a alguien. La mayoría de nosotros, sin embargo, tratamos de minimizar el riesgo para los demás y, por eso, estamos dispuestos a someternos a restricciones razonables, como las leyes de tránsito.

3) ¿Qué tan riesgosa es la actividad, para mí y para los demás?

El nivel de riesgo que uno está dispuesto a aceptar para sí mismo y para los demás suele ser producto de la personalidad, la crianza, la cultura y el entorno. Pero sin importar cuánto riesgo estemos dispuestos a enfrentar, todos evaluamos constantemente qué tan riesgosa es una actividad específica, tanto para nosotros como para los demás. Y como los seres humanos no poseemos un conocimiento perfecto, estos juicios nunca son perfectos; una persona adversa al riesgo podría juzgar erróneamente como segura una actividad riesgosa y realizarla.

4) ¿Qué tan esencial es la actividad?

Un último factor es cuán esencial consideramos una actividad. Incluso la persona más adversa al riesgo probablemente emprenderá una actividad increíblemente riesgosa si la considera necesaria para su supervivencia. Pero alguien propenso al riesgo podría evitar una acción ligeramente arriesgada si no tiene ninguna importancia para él.

Así, todos creamos de manera inconsciente una escala de nuestra tolerancia al riesgo y una escala de la importancia de cada actividad. Luego decidimos si una actividad inclina la balanza, haciéndola innecesariamente riesgosa de realizar, o lo suficientemente segura y esencial como para llevarla a cabo.

Análisis de riesgo y coronavirus

Apliquemos ahora este análisis a la situación actual del coronavirus. Con muchos países restringiendo diversas actividades y servicios —y algunos bajo un confinamiento casi total—, cada persona y cada país está reevaluando el riesgo de actividades que antes se consideraban seguras e inofensivas, como comer en un restaurante o asistir a un servicio religioso.

En la mayoría de las situaciones "normales" de la vida (y la situación actual del coronavirus es todo menos normal), la primera pregunta —¿cuánto riesgo estoy dispuesto a asumir?— suele tener prioridad. Pero hoy es la segunda pregunta —¿cuánto riesgo estoy dispuesto a imponer a los demás?— la que se vuelve primordial. Nos encontramos ante una situación en la que nuestro propio cuerpo, tal vez sin que lo sepamos, podría ser portador de un virus potencialmente mortal para algunas personas. Aunque la tasa de mortalidad por coronavirus es ínfima para la mayoría de los grupos poblacionales, puede ser letal para ciertos segmentos de la población. Por ejemplo, la tasa de mortalidad para quienes tienen más de 80 años y contraen el virus es de casi el 15 %. Así que debemos preguntarnos cuánto estamos dispuestos a arriesgar la vida de otros por hacer las cosas que deseamos hacer.

Sin embargo, antes de que todos aceptemos un confinamiento total en favor de los más vulnerables, conviene recordar que siempre realizamos actividades que pueden poner en peligro a otros, especialmente a los vulnerables (al fin y al cabo, por eso se los considera "vulnerables": siempre están en mayor riesgo que la mayoría de nosotros). Conducir a la tienda podría implicar un accidente automovilístico fatal. Ir al médico con gripe podría ser mortal para otro paciente inmunocomprometido. No se trata, entonces, de no arriesgar nunca la vida de los demás, sino de cuánto estamos dispuestos a arriesgarla y por qué motivo.

Volviendo a la aplicación de la evaluación de riesgos al coronavirus, es la tercera pregunta —¿qué tan riesgosa es la actividad, para mí y para los demás?— la más difícil de responder. Después de todo, la gran mayoría de nosotros no tiene formación médica y, aun entre quienes la tienen, existen muchas incógnitas respecto a este nuevo virus. Así que debemos determinar los riesgos evaluando fuentes de información médicas, gubernamentales, mediáticas y de otro tipo. Personas de buena voluntad pueden hacer esto y llegar a conclusiones muy distintas: algunas podrían creer que el coronavirus no es más que una gripe muy fuerte, y otras podrían verlo como una plaga moderna que devastará a nuestra población. Las conclusiones a las que lleguemos impactarán drásticamente en las restricciones que estemos dispuestos —o no— a aceptar.

Por último, nos preguntamos qué tan esencial es cada actividad. Para la mayoría de las personas, ir al bar del barrio a tomar unos tragos no es tan esencial como ir al supermercado a comprar lo necesario. Pero, de nuevo, cada individuo responderá a esta pregunta a su manera. Para algunas personas, asistir a los servicios religiosos es absolutamente esencial, mientras que para otras es un factor irrelevante. Salir y estar en movimiento es increíblemente importante para ciertas personalidades, mientras que a otras no les supone ningún problema quedarse en casa durante largos períodos. Algunos consideran esencial ayudar a los necesitados, mientras que otros podrían suscribir más bien una mentalidad de "supervivencia del más fuerte". Lo que es "esencial" muchas veces depende de quien lo mire.

Paciencia y comprensión

Lo que debemos entender es que nuestra reacción ante las distintas restricciones implementadas en respuesta a la pandemia de coronavirus es una realidad multifacética. Quien opina que deberíamos poder entrar a los restaurantes no es necesariamente un narcisista; y quien piensa que deberíamos confinar cada aspecto de la vida no es necesariamente un santo bondadoso. Sabiendo esto, deberíamos participar en el debate cultural sobre cuál es la respuesta adecuada a este virus con comprensión y compasión. No deberíamos ver a quienes piensan diferente como monstruos o tiranos, sino reconocer que todos estamos haciendo lo mejor que podemos para adaptarnos a una situación nueva y, muchas veces, atemorizante.