Lo que los ancianos saben y la cultura de la eficiencia ha olvidado

El reciente discurso del Papa León XIV sobre el envejecimiento y la fragilidad cuestiona la lógica del rendimiento que silenciosamente moldea la salud mental moderna. La capacidad de amar y ser amado, y no la productividad o la autosuficiencia, es la verdadera medida de una vida. Este planteamiento merece una atención seria en la psicología católica y en el bienestar desde la fe.

June 11, 20264 min read
Lo que los ancianos saben y la cultura de la eficiencia ha olvidado

Lo que los ancianos saben y la cultura de la eficiencia ha olvidado

Existe un tipo particular de sabiduría que solo se hace visible cuando la búsqueda de la productividad finalmente se detiene. El papa León XIV, en una carta entregada por el Secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Pietro Parolin, a los participantes del simposio celebrado en Roma el 10 de junio bajo el títuloUn puente hacia el cielo, planteó este argumento con una claridad poco habitual. Los ancianos, sostuvo, llevan consigo algo que el mundo moderno ha dejado en gran medida de valorar: la prueba vivida de que una vida humana no se mide por lo que produce ni por su autosuficiencia, sino por la capacidad de amar y de dejarse amar.

La lógica del rendimiento y sus víctimas

El papa León XIV no empleó directamente el lenguaje de la salud mental, pero su diagnóstico de la cultura contemporánea da en el blanco de ese ámbito. "La sociedad en la que vivimos está dominada por la lógica del rendimiento y la competencia, donde la fortaleza se concibe como una demostración de poder y tiende a degenerar en abuso", rezaba su mensaje.

Esa frase nombra un marco cognitivo y relacional que los investigadores en psicología positiva llevan décadas documentando. Cuando el valor de una persona queda condicionado a lo que produce, y la identidad se ata a la función, las consecuencias psicológicas son medibles. La ansiedad, el agotamiento, el aislamiento social y una identidad frágil se cuentan entre los hallazgos más consistentes en poblaciones organizadas en torno a métricas de rendimiento.

La concepción católica de la persona humana ofrece una arquitectura completamente distinta. En ese modelo, la dignidad es anterior a la función. Precede al logro, sobrevive a la discapacidad y no disminuye con la edad. Esto no es sentimentalismo. Es una afirmación metafísica con implicaciones psicológicas reales, y es el fundamento sobre el cual debe construirse un enfoque genuinamente católico de la salud mental.

La fragilidad como fuerza pedagógica

El encuadre que hace el papa de la fragilidad de los ancianos como una forma de enseñanza merece atención especial. Describió a los adultos mayores como capaces de mostrarle a todos, especialmente a los jóvenes, "que el valor de una existencia no se mide con el rasero de la eficiencia ni de la autosuficiencia, sino por la capacidad de amar y de dejarse amar".

La expresión "dejarse amar" merece una pausa. En contextos terapéuticos, la capacidad de recibir cuidado y permanecer en relación desde la dependencia —en lugar de la autosuficiencia— suele ser una de las tareas del desarrollo más difíciles de alcanzar. La investigación sobre el apego muestra de manera consistente que un funcionamiento relacional seguro requiere tanto dar como recibir. La capacidad de aceptar ayuda sin interpretarla como una merma no es una habilidad pasiva. Es un logro psicológico activo.

Los ancianos, en la visión del papa, encarnan esta capacidad de manera pública e inevitable. La dependencia no es un estado de fracaso. La limitación no es un déficit. Una civilización que no puede integrarlos en su escala de valores terminará formando personas incapaces de integrarlos en su propio concepto de sí mismas. El edadismo interiorizado se ha asociado con peores resultados cognitivos, indicadores de salud física más bajos y menor esperanza de vida en los adultos mayores. La devaluación cultural de los ancianos no permanece en el plano abstracto. Se vuelve personal. Se vuelve clínica.

La alianza terapéutica y la pregunta por el valor

Para los profesionales que trabajan dentro de un marco católico de salud mental, las palabras del papa tienen una relevancia profesional concreta. La alianza terapéutica depende de que el consultante experimente un reconocimiento genuino por parte del terapeuta —un reconocimiento que no fluctúa según la productividad, la utilidad social o el grado de autosuficiencia.

El Metamodelo Católico de la Persona nombra algo que la literatura clínica secular frecuentemente ronda sin terminar de enunciar: la fuente de ese reconocimiento incondicional no es meramente una técnica terapéutica. Refleja una convicción sobre lo que la persona humana realmente es: un ser creado en el amor, ordenado hacia el amor y valioso en virtud de ese origen y esa orientación —no por lo que produce.

El testimonio intergeneracional y la resiliencia psicológica

La investigación sobre la resiliencia en poblaciones jóvenes identifica de manera reiterada la conexión intergeneracional como un factor protector. Los adolescentes y adultos jóvenes que mantienen relaciones significativas con personas mayores de su familia muestran una formación de identidad más sólida, mayor capacidad para tolerar la ambigüedad y puntuaciones más altas en medidas de propósito y sentido de vida.

Lo que se transmite entre generaciones, en el encuadre del papa, es el testimonio de una vida que ha atravesado la limitación sin ser destruida por ella. Para una generación que enfrenta niveles de ansiedad e inestabilidad identitaria sin precedentes, el testimonio de una vida que ha encontrado su centro en algo distinto al rendimiento puede ser uno de los dones más contracultural y clínicamente relevantes disponibles.

Una medida diferente

El argumento que planteó el papa León XIV no es nostálgico. Es una afirmación sobre el criterio con el que debe evaluarse la existencia humana, y esa afirmación tiene consecuencias para el modo en que la salud mental se comprende, se practica y se transmite entre generaciones.

Si el valor de una vida se mide por la capacidad de amar y de dejarse amar, el proyecto clínico cambia de forma. El objetivo del cuidado no es restaurar la función por sí misma, sino crear las condiciones en las que las personas puedan permanecer en relaciones de amor a lo largo de todo el arco de la vida. Los ancianos —aquellos que la economía del rendimiento descarta con mayor facilidad— se convierten así en algunos de sus maestros más importantes.

En esa reorientación reside tanto una crítica al momento presente como una orientación para lo que ha de venir.