La edición genética en embriones humanos plantea preguntas urgentes sobre quién cuenta como persona
Investigadores de la Universidad de Columbia han logrado lo que el New York Times califica de «precisión sin precedentes» en la edición del ADN de embriones humanos, lo que plantea interrogantes bioéticos que tocan el núcleo mismo de cómo la ciencia define la persona. El padre Tadeusz Pacholczyk, del Centro Nacional de Bioética Católica, sostiene que los experimentos fueron innecesarios e inmorales, ya que los mismos datos biológicos podrían haberse obtenido utilizando embriones de animales. La controversia pone de relieve una tensión más profunda entre las promesas terapéuticas y la dignidad fundamental de la vida humana en sus etapas más tempranas.

La edición genética en embriones humanos plantea preguntas urgentes sobre quién cuenta como persona
La ciencia tiene una larga y fructífera tradición de ampliar fronteras al servicio del florecimiento humano. La pregunta que los bioeticistas plantean hoy a la sociedad no es si la edición genética tiene potencial, sino si los métodos empleados para perfeccionar esa tecnología han respetado los límites que definen lo que significa ser humano.
Un equipo de investigadores de la Universidad de Columbia, dirigido por Dieter Egli, profesor de biología celular del desarrollo en el Departamento de Pediatría, empleó una técnica denominada edición de bases para reemplazar letras genéticas individuales dentro de secuencias de ADN embrionario humano. Según un informe publicado en junio de 2025 por el New York Times, la precisión alcanzada fue descrita como de "exactitud sin precedentes" en el campo. A diferencia de CRISPR —el método de edición genética más conocido, tristemente célebre por los daños fuera del objetivo en las secuencias de ADN—, el enfoque de edición de bases de Egli parece reducir al mínimo las alteraciones genéticas colaterales. Los posibles efectos secundarios aún se desconocen, y la técnica no está lista para su aplicación clínica.
A primera vista, esto parece un avance científico sin mayores complicaciones. Pero debajo de esa superficie se abren una serie de fracturas éticas que merecen una atención seria y sostenida.
Lo que la ciencia realmente hizo
La investigación de Columbia implicó editar ADN en embriones humanos, seres en la etapa más temprana del desarrollo. El padre Tadeusz Pacholczyk, neurocientífico y bioeticista principal del Centro Católico Nacional de Bioética, respondió de manera directa y sin ambigüedades: los experimentos debieron haberse realizado en embriones animales y no en embriones humanos.
"Intentar realizar modificaciones genéticas de manera más eficiente que lo logrado anteriormente es precisamente el tipo de experimento que debería haberse llevado a cabo en embriones animales, no en embriones humanos", declaró Pacholczyk a EWTN News. "La misma información biológica fundamental reportada en estos estudios podría haberse obtenido perfectamente de esa manera."
Esto no es una objeción teológica marginal. Es un señalamiento fundamentado en la metodología científica misma. Si es posible obtener datos equivalentes mediante modelos animales, entonces la decisión de utilizar embriones humanos no es una necesidad científica, sino una elección ética —y una con consecuencias serias para la manera en que el campo comprende a sus propios sujetos de estudio.
Los embriones utilizados en la investigación de Columbia fueron obtenidos por dos vías. Algunos procedían de padres que acudían a clínicas de fertilidad, personas que tenían embriones sobrantes tras procedimientos de fecundación in vitro. Otros fueron creados específicamente con fines de investigación: se obtuvieron óvulos de mujeres, se fertilizaron en condiciones de laboratorio y se les dio existencia únicamente para servir como material experimental. En varios casos, los embriones humanos fueron destruidos intencionalmente una vez concluido el trabajo de edición de bases, con el fin de extraer sus células madre embrionarias para investigaciones adicionales.
Pacholczyk describió a estos embriones, sin suavizar el lenguaje, como "niños sobrantes de muy corta edad" entregados a los científicos, y como "seres humanos embrionarios en recipientes de vidrio" creados para servir de "materia prima para la investigación y la experimentación".
El problema de la persona en el núcleo del debate
El lenguaje utilizado tanto en los reportajes científicos como en la crítica de Pacholczyk revela algo importante sobre el desacuerdo de fondo. Cuando el New York Times describe un embrión como material de estudio y Pacholczyk describe ese mismo ser como un niño, ninguno de los dos está simplemente eligiendo un estilo. Cada uno está haciendo una afirmación ontológica: sobre qué clase de ser está presente desde la fertilización.
Este es precisamente el terreno donde la antropología católica y la bioética contemporánea se encuentran de maneras que importan enormemente para la salud mental, el bienestar y el florecimiento humano en su conjunto. La comprensión católico-cristiana de la persona sostiene que la vida humana posee una dignidad inherente desde el momento de la concepción, no a causa de hitos del desarrollo, de la función cognitiva o del reconocimiento social, sino por lo que ese ser es. Esa afirmación metafísica tiene consecuencias concretas en la manera en que los sistemas de salud, las instituciones de investigación y los marcos terapéuticos tratan a las poblaciones vulnerables.
La historia de la medicina contiene ejemplos aleccionadores de lo que ocurre cuando la definición de persona queda sujeta a la utilidad o a la etapa del desarrollo. No son advertencias abstractas. Son patrones documentados con víctimas documentadas. El debate actual sobre la experimentación embrionaria no está desconectado de esas historias. Es un capítulo contemporáneo de la misma negociación permanente entre la ambición científica y el límite ético.
La eugenesia a las puertas
La tecnología de edición de bases en desarrollo lleva consigo una segunda capa de complejidad ética que va más allá de la pregunta sobre la investigación embrionaria y se adentra en el terreno del diseño humano. La edición genética en la etapa embrionaria podría, en principio, utilizarse para eliminar mutaciones causantes de enfermedades antes de que se manifiesten en una persona viva. El potencial terapéutico de esta aplicación es real y no debe descartarse.
Sin embargo, la misma tecnología, aplicada con intenciones distintas, podría usarse para seleccionar o eliminar rasgos en hijos por nacer según las preferencias de los padres o de la sociedad. La línea entre la intervención terapéutica y la selección eugenésica no siempre resulta tan clara en la práctica como parece en la teoría, y las presiones institucionales que determinan la financiación de la investigación, las ofertas de las clínicas de fertilidad y la cobertura de los seguros médicos no han sido, históricamente, guardianas confiables de esa línea.
La preocupación del padre Pacholczyk —compartida por muchos bioeticistas católicos y también por un número considerable de bioeticistas laicos— es que la investigación que se realiza hoy está construyendo la infraestructura técnica para aplicaciones que todavía no han sido evaluadas éticamente. La edición de bases con exactitud sin precedentes es una herramienta. Lo que importa es quién la controla, bajo qué marco regulatorio y con qué entendimiento de la persona humana como sujeto.
La resiliencia necesita un fundamento
Para quienes trabajan en salud mental católica, psicología positiva y bienestar desde la fe, la conversación sobre la edición genética no es una abstracción lejana. Se conecta directamente con las preguntas que los profesionales encuentran en la práctica terapéutica cotidiana: ¿cuál es la fuente de la dignidad humana? ¿Qué hace que una vida merezca ser protegida? ¿Cómo forman y sostienen las comunidades los vínculos que hacen posible la sanación?
La alianza terapéutica —esa relación insustituible entre el clínico y el paciente— se construye sobre el supuesto fundamental de que la persona que está al otro lado de la mesa posee un valor inherente. Ese supuesto no es evidente por sí mismo en todo marco de referencia. Requiere una explicación coherente de lo que es una persona. La antropología católica ofrece una de las explicaciones más desarrolladas y sólidas disponibles, forjada a lo largo de siglos de reflexión filosófica, teológica y clínica.
Cuando esa antropología se aplica a preguntas como la de la experimentación embrionaria, no se limita a generar prohibiciones. Genera una visión positiva de la persona humana como irreductiblemente valiosa, orientada hacia la relación, la verdad y la trascendencia, y merecedora de protección en cada etapa de su desarrollo. Esa visión es la misma que anima el mejor trabajo en atención informada por el trauma, la investigación sobre la resiliencia y la salud mental integrativa.
La investigación de la Universidad de Columbia y la respuesta que ha generado en figuras como el padre Pacholczyk representan un momento significativo en una larga negociación cultural. La tecnología avanza. Los marcos éticos van a la zaga. En la brecha entre esas dos trayectorias es donde se tomarán algunas de las decisiones más trascendentes sobre la vida humana en las próximas décadas.
La precisión en la ciencia exige precisión en la ética
Hay cierta ironía en el lenguaje utilizado para describir la técnica de edición de bases de Egli. La palabra "precisión" aparece repetidamente en la cobertura de esta investigación, y se emplea como elogio. La precisión importa en la edición genética porque la imprecisión causa daño. Las ediciones fuera del objetivo, por las que CRISPR es conocido, alteran secuencias que no estaban destinadas a ser modificadas. La precisión, en cambio, afecta únicamente al objetivo buscado.
El mismo criterio se aplica al razonamiento ético. El pensamiento impreciso sobre la persona —sobre el estatus moral de los embriones, sobre la diferencia entre terapia y selección— causa un daño que se extiende más allá del experimento inmediato. El razonamiento ético preciso, fundado en una comprensión coherente y bien desarrollada de la persona humana, no es el enemigo del progreso científico. Es la condición bajo la cual ese progreso permanece genuinamente orientado hacia el bien humano.
La crítica de Pacholczyk es, en este sentido, un llamado a la precisión. Los experimentos en Columbia no fueron imprecisos en su ejecución técnica. Lo fueron en su encuadre ético: recurrieron a sujetos humanos cuando los modelos animales estaban disponibles, crearon vida con el propósito de terminarla y trataron la etapa del desarrollo como el criterio relevante para determinar si un ser merece protección.
Una perspectiva orientada al futuro
La conversación sobre la edición genética, la investigación embrionaria y la persona no se resolverá mediante ninguna declaración bioetica ni publicación científica aislada. Se irá desarrollando a través de instituciones, organismos reguladores, clínicas de fertilidad, comités de ética universitarios y las decisiones concretas de familias que navegan la medicina reproductiva.
Lo que las comunidades de salud mental católica y de bienestar desde la fe aportan a esta conversación no es principalmente un conjunto de prohibiciones, sino una visión coherente y humanizadora de la persona. Esa visión sostiene que todo ser humano, independientemente de su etapa de desarrollo, su capacidad cognitiva o su utilidad social, porta una dignidad que antecede y supera todo lo que la ciencia puede medir o modificar.
La precisión que se celebra en la investigación de edición de bases de Columbia es genuinamente impresionante. La pregunta que bioeticistas como Pacholczyk insisten en plantear —y que los profesionales de la salud mental católica y la psicología positiva deben seguir abordando— es si la ciencia llegará a desarrollar algún día una precisión equivalente en su comprensión del ser que está editando.
Este artículo se basa en reportajes de EWTN News y el New York Times, así como en declaraciones públicas del padre Tadeusz Pacholczyk del Centro Católico Nacional de Bioética.
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